Crearme, recrearme, vaciarme, hasta que el que se vaya muerto, de mí, un día, a la tierra, no sea yo...

Juan Ramón Jimenéz


Jimena, un casco de la media naranja

>> jueves, 23 de enero de 2014


Estuve en frente tuyo imaginando mil formas de decirte hola. Estabas en la Hemeroteca de la Biblioteca Nacional de Lima. Controlabas tus impulsos de enviar tu tesis de grado a la mierda. ¡Cuánto te aburrías! Yo controlaba los impulsos de decirte hola. Todo era forzado. Pensaba cómo saludarte cuando me preguntaste la hora. Luego me preguntaste si era colombiano. Te dije sí, soy del país donde se cultiva el mejor café del mundo y te invité a un café peruano. Aquella tarde te hablé de mi travesía desde Argentina. El tiempo fue poco para mirarnos. Quise quedarme en tus ojos hasta que te diste cuenta de que debías irte.

Estuve pensándote en la noche. Apenas sabía tu nombre: Jimena, y ya te extrañaba. Sacudí la cabeza para pensar en otra cosa.  Al despertarme me estiré. Desayuné. Me dirigí a un locutorio. Te cité a hacer nada en la biblioteca. Nos encontramos a las siete de la noche. Me alegré con verte. Te vi el cabello casi rubio cubriéndote el rostro. Me miraste. Vi tus ojos verdes. El ojo derecho a pocos centímetros parecía que miraba para otro lado. No importaba. Me esperabas porque también querías verme. Éramos dos extraños conociéndose. Me invitaste a pagar los servicios públicos de tu apartamento. Cruzamos la avenida Javier Prado. Entramos al centro comercial Plaza Vea cuando me dijiste que parecía seminarista. La factura estaba vencida. Nos reímos. Me llevaste a un centro cultural cerca a tu casa en el distrito Jesús María. Pagaste mi pasaje porque sabías que estaba en la ruina. Ya me había retirado del negocio de las cartas de amor

Mi apuesta fue ser sincero. Sentía que sólo teníamos las palabras para vivirnos. Además, había descubierto que en Migración Perú-Chile en vez de los sesenta días que pedí me pusieron diez. Llevaba más de treinta días de ilegal.

En el centro cultural no había actos culturales. Nos sentamos en el parque que estaba en frente y encendimos un cigarrillo. Hablamos del amor, de la eyaculación precoz, de tu tesis de grado, de mi ocio descarado. Me invitaste a comer pollo a la brasa. Sentía que llevaba hablando contigo décadas. Por algo no parábamos de mirarnos y reírnos. Nuestros errores eran sinceros. Te acompañé a casa y te di un beso en la mejilla.

El sábado en tu casa vimos la película El perfume. Me impresionó la cantidad de libros de tu biblioteca. Hablamos de Vallejo, Charles Bukowski, Julio Cortázar y Jorge Luis Borges. Nos miramos. Jugué con tu gata Catalina. La gata maulló y me arañó. Quise arañarte y que me arañaras porque la mujer perfecta, según Balzac, es la que araña. Derramaste el café sobre la mesa. Hablé con la boca llena de pan y algunas migajas cayeron sobre la mancha del café derramado. Intenté hacerte un truco para evitar el debate sobre el final de la película que me había gustado. Intenté hacer aparecer de tu oreja una chupeta. El truco era mirarte la oreja. Delegar toda la atención en tu oreja. Luego extraer del bolsillo de la camisa la chupeta sin que te dieras cuenta. Llevar la chupeta hasta tu oreja y hacerte creer que llegó por arte de magia. Pero la chupeta se cayó del bolsillo. La tomé del suelo y te la entregué avergonzado.

No quería irme. No querías que me fuera pero no te atrevías a decirme que me quedara. Te dije que era tarde. Me respondiste que era tarde. Te dije que ya no conseguía combi. Sabías que no era cierto. Para que no fuera evidente tu intención te negaste un poco al principio. Luego cediste satisfecha de haber defendido la imagen de mujer pulcra. Debías mostrarme el maravilloso trabajo que habían hecho contigo tus padres. Dejaste claro que a tus veintiséis años eras una mujer atractiva e independiente. Me acosté en el cuarto de tu hermano que andaba lejos de Lima. Te acostaste en tu cama. Los cuartos estaban divididos por una pared delgada de madera. Pero la parte superior de la pared era de plástico y se veía tu reflejo deforme. Vi sin ver cómo te quitabas la ropa. Me contaste tu vida amorosa y me confesaste de tu facilidad para dominar a las personas. Nos sorprendió el alba. Nos dormimos porque era tarde y era justo descansar. Me desperté a las diez de la mañana. Te llamé. En pijama hiciste el desayuno. Me despedí con otro beso en la mejilla. Sentí tu mejilla cerca, tan cerca como tu cuerpo.

Durante la semana hice votos de silencio. No dije tu nombre para extrañarte menos. Pero no aguanté las ganas de verte y te cité el sábado siguiente en la catedral de la Plaza de Armas. Imaginé que no ibas a llegar. Cuando te vi desaparecieron las dudas. Caminamos por el centro de Lima. Luego entramos al bar Queirolo cerca a la Plaza San Martín. Me invitaste a cerveza Cusqueña negra. Fumamos como locos. Estábamos locos. Era nuestro último sábado y no nos habíamos dado un beso. Me temblaron los labios.

Nos dirigimos a tu casa. Le echaste la comida a la gata. Te esperé en el mueble. Estiré los pies. Te sentaste al lado. Nos tocamos por encima de la ropa. Te olía y me apretabas. Nos besamos. Quería quedarme en ti. Recorría tu rostro con mis dedos. La gata me arañaba los pies cada vez que te tocaba. Puta gata. Una y otra vez tiraste la gata al suelo. Una y otra vez la gata me arañaba los dedos de los pies. Nos encerramos en el cuarto de tu hermano. Tenías ropa interior negra, la que contrastaba con el blanco de tu piel. En tu cuello metía mi rostro y te decía: “Te quiero”. En mi pecho tus labios decían: “Te esperaba”. Te miré hasta la madrugada. Malogré los preservativos de tu hermano. No encontré la erección indicada. Estaba tan tranquilo que mi pájaro no respondía. Tal vez tanto ajetreo con la gata le quitó el entusiasmo. Hacía falta un poco de perversión y nos tocamos hasta que mi pájaro cantó.

Nos dormimos a las seis de la mañana. Me desperté a las ocho. Te abracé y te di un beso de buenos días. Hice huevos revueltos sin sal. Hiciste jugo de naranja y café. No faltaba nada.

El amor era reírnos juntos, verte hacer el café, besarte los párpados, lavar los platos,  barrer el apartamento, la gata arañándome los pies, salir a la calle sin bañarnos a comprar panes.

Me bañé y salimos al centro de Lima. Te acompañé a comprar un tiquete. Ibas de viaje. Caminamos. Sentí el cansancio y nos sentamos en el Parque Universitario. Te dije que no era un caballero. Por eso, te pedí que me sostuvieras una rosa mientras me amarraba los zapatos. Te reíste porque sabías que era mi forma de darte la rosa. Te besé.

 Almorzamos en un restaurante chino. En la mesa del lado una niña de tres años me hacía monerías. Me sorprendiste respondiéndole a la niña. Tomamos una combi rumbo a tu casa. Teníamos sueño. No quisiste ir a misa porque habías dicho la verdad en los últimos días y te había gustado. Dormimos en tu casa. Cuando me desperté sabía que era la hora del adiós definitivo. Nos besamos. Fuiste a la cocina y empacaste en una bolsa un paquete de pan y atunes. Te abracé porque no volvería a verte. Bajé en el ascensor. Abrí la puerta de la calle. Crucé la avenida. Tomé una combi. Miré el cielo. No había sol. Las nubes se apilaban en mis ojos.

5 comentarios:

Humberto Dib jueves, enero 23, 2014  

Muy buen relato, Juan Camilo, me gusta que sea más largo, esa vida que tienen tus personajes trasciende la ficción.
Un abrazo.
HD

Juan Camilo jueves, enero 23, 2014  

HUmberto
gracias por su relato. Lo mismo digo de tus textos, que ya no comento porque el mío es un comentario más entre tantos comentarios que tienes. Pero siempre te visito. Pues en este espacio eres uno de los blogueros más importante que conozco.

Olivia Lengüilarga jueves, enero 23, 2014  

Leí hace poco de Milan Kundera que las metáforas son peligrosas porque el amor empieza con una metáfora. Bella historia de amor en las calles grises de Lima.

Juan Camilo jueves, enero 23, 2014  

Olivia
Es cierto, la metáfora es el inicio a un encuentro. Casi siempre a un bello encuentro. Un abrazo y muchos más.

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