Crearme, recrearme, vaciarme, hasta que el que se vaya muerto, de mí, un día, a la tierra, no sea yo...

Juan Ramón Jimenéz


La infiel

>> miércoles, 6 de julio de 2011

Su marido estaba en el patio tercero de la cárcel por porte ilegal de armas y hurto agravado. Por buena conducta y dinero logró llegar al patio tercero, lugar donde están los reclusos mejor posicionados y más peligrosos: los políticos que se chupan los recursos del país, los empresarios que despoblaron hectáreas de selva virgen para sus monocultivos, los francotiradores del estado que trabajan para las multinacionales extranjeras que pretenden eliminar a los indígenas y campesinos…

Ella iba todos los domingos a las visitas maritales. Para esos días se ponía el vestido de flores naranjas que tanto le gustaba a él quitar con los dientes. No le importaba someterse a la requisa que cada vez era más incierta. Cada vez le era más difícil saber que podía llevar porque eso dependía del humor del guardia. Si éste estaba de buenas pulgas dejaba entrar frutas, enlatados o algún almuerzo. Pero si había amanecido de mal genio debía dejarle todo en la entrada, sin posibilidad de volverlo a llevar para la casa, porque ya le pertenecía al guardia. Aún así ella iba a visitarlo porque lo que le interesaba era su dosis de sexo violento. Lo que más le gustaba era que él le hiciera el amor como si la estuviera violando, descarnando. No sabía si lo quería porque, a veces, hasta odiaba verlo. Pero desde que estaba preso no le importaba si lo quería o no porque solo iba a verlo para proporcionarse un buen polvo. Necesitaba de la furia de él, pero él podía pasar a un segundo plano. A veces rezaba para que nunca saliera de la cárcel. Que él fuera su sexo violento de fin de semana. Solo eso, porque no se lo aguantaba más de unas horas. Lo único que le gustaba era su animalidad en la cama. Ni sabe, ahora que él está preso, como vivió con él tres años. Tal vez por miedo.

Se despidió de ella, como todos los domingos, a las dos de la tarde. Él la vio partir y se sintió feliz de que su mujer lo hubiera visitado. Desde que está preso se siente más solo y con más rabia con el mundo y con Dios. Todos los días quiere darse puñetazos con alguien. Calma su furia con flexiones de pecho. Pero, espera salir pronto para hacer un robo más grande. No lo satisface el mundo ni la posibilidad de ser un buen ciudadano. Lo único que lo guía es la ley del más fuerte. Quiso fumarse un cigarrillo, pero se dio cuenta de que ella se fue con ellos. Salió corriendo para alcanzarla antes de que se marchara. Cuál fue su sorpresa al verla en el patio primero, el de los más peligrosos, en los brazos de un muchacho, sumergida en un beso lento y largo, de esos que frenan el tiempo y que a él no le había dado.

Después del alboroto los guardias sacaron en una camilla dos cadáveres: el de una mujer de vestido naranja apuñalada por la espalda y el de un joven degollado, quien había sido acusado de haber asesinado a un taxista cuando intentaba robarle el auto.

2 comentarios:

Solo un ser humano sábado, julio 09, 2011  

Genial, ánimos, nunca pares e escribir

Belén lunes, julio 11, 2011  

Incluso podría ser real...

Besicos

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