Crearme, recrearme, vaciarme, hasta que el que se vaya muerto, de mí, un día, a la tierra, no sea yo...

Juan Ramón Jimenéz


Un hombre que mira las nubes

>> domingo, 14 de febrero de 2010


El abuelo paterno fue lo único que le agradecí a mi padre. Recuerdo que a mis 7 años estaba sentado con mi abuelo en el patio de la casa. La casa era una hacienda cafetera ubicada en la vereda el Uvital del municipio de Fredonia. Había un patio empedrado con una banca de madera. Mi abuelo solía sentarse en la banca en las tardes. La abuela nos llevaba café con tostadas untadas de mantequilla de vaca.

El abuelo era blanco y se le veía la barriga. Más que blanco el abuelo era rosado. El abuelo apoyaba las manos sobre la barriga y miraba el cielo. Tarde tras tarde me sentaba con él a mirar las nubes. No hacia falta las palabras. Él miraba no se qué que lo enternecía y yo juagaba con dinosaurios gigantes de algodón. Pero una tarde el abuelo señaló el cielo con la mano derecha y me dijo: “no se olvide, nunca se olvide de mirar arriba para que no le sea insoportable respirar.” Luego puso su mano en mi hombro.

Después de la muerte del abuelo el recuerdo del abuelo era un pedazo de cielo que hería. Fui creciendo, haciéndome terrestre para mirarle el sexo al amor. Elegí la equivocación por voluntad. La adolescencia un agujero de amarguras insondables. Me escondí de la inmensidad y las nubes. Me volví impaciente. Me emborraché. Dormí en la calle con el olor de una entre pierna en los dedos. Peleé cara a cara con la muerte. Besé tantas bocas que no recuerdo. Me permití tantos enamoramientos como decepciones. Busqué el llanto para elevar la mirada a las nubes.

Quise vivir el amor como una llamarada que ardía por última vez. Por eso deseaba por desear sin cerciorarme si a la que deseaba quería ser deseada. Entonces me emputaba conmigo mismo y me enamoraba para buscar un infarto por erección y entusiasmo a destiempo.

Pero, al final, uno descubre que una sonrisa es más importante que todas las promesas mercantiles del progreso y las normas de convivencia. Más efectiva que las teorías filosóficas y los horarios de oficina. Igual de reconciliadora que los grillos, las ranas y las noches estrelladas. Y me gustó como sonrió Mayra anoche. Estaba hermosa y distante. Hermosa y con sueño. Hermosa y callada. Hermosa e intocable. Hermosa y un mensaje mudo: “Pelao, me gusta la magia. Pero algo falta. Falta saltar al cuerpo. No sé. Como que quiero a ratos.”
Igual, mirar la sonrisa de Mayra me remitió al abuelo. Te recordé abuelo, viejo barrigón y amado:

- Viejo apenas te entiendo. Me enseñaste a sonreír de nuevo. La sonrisa espanta el miedo. La sonrisa enternece como el agua dulce. Aunque, viejo, con Mayra no sé. La sonrisa me confunde. Deberías ayudarme. Soy muy ingenuo y evidente. Tal vez por eso Mayra me mira y me hace sentir piloto sin instrucciones de vuelo, ángel desterrado del cielo, viento sin árbol. Como si quisiera y no quisiera. Fuera y no fuera. Pasara y no pasara. Llegara y no llegara. Como una visión en celofán. Como si Mayra mirara golondrinas para alejar a los intrusos del misterio de sus ojos. Viejo, la verdad, estoy en aprietos porque me gustan las nubes y la sonrisa de Mayra.
Y veo como el que ve y no se gusta solo porque no tiene a quien abrazar cuando se estremece con las nubes. Entonces sé que ella, viejo, no responderá a mi llamado porque teme quedarse conmigo a contarle lunares a la noche. Ella teme que un beso le mate sus golondrinas. De que ese quererme a ratos sea un querer de más tiempo. Porque ella utiliza ese querer a ratos como un pretexto para no tomar la iniciativa. No conmigo que leo señales y de pronto las entiendo. Pero, viejo, son temores que no quiero entender porque quiero sentir más que pensar en sentir. Así que a ella sus temores y a mí las nubes.

Miro las nubes y les hago preguntas. Siguen su continúa marcha. Siempre las mismas nubes. Nada en ellas cambia. Sin embargo son otra cosa, como las angustias, distintas. Rondan, pasan, se van, vuelven, maravillan, dibujan el rostro de Mayra, desaparecen, aparecen y son una angustia insoportable pero vital y necesaria.

Luego las nubes desdibujan el rostro de Mayra porque más arriba y más abajo de las nubes están la divinidad y el misterio. Entonces no importa nada. Una mano de nube es el cielo. Una mano que me toca el hombro como se toca un recuerdo. Una mano que me enseña que tanto afuera como dentro del corazón las nubes son la misma cosa distinta. El mismo rostro del abuelo con los ojos cerrados.

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