Crearme, recrearme, vaciarme, hasta que el que se vaya muerto, de mí, un día, a la tierra, no sea yo...

Juan Ramón Jimenéz


el amor, un juego de contrarios

>> jueves, 7 de mayo de 2009

El amor es un tema inquietante y que no podremos resolver. En realidad no sé que es lo que tanto buscamos en el otro. A veces da la impresión de estar más enamorado del amor que de la persona que lo despierta. Un error que no nos cansamos de cometer, un error vital, un error de contrarios.

Si, nos gusta sin mesura lo contrario. Nos entregamos solo si hay resistencia y nos resistimos cuando se nos entregan. Un juego agotador. Un dolor de intereses truncados.

De verdad me interesa la búsqueda del amor más que el amor mismo, por eso no encuentro ningún hallazgo. Tal vez no exista. En esto no se puede teorizar porque se corre el riesgo de juzgar antes de amar sin haber amado.

Partamos que la convivencia no podrá resolverse. La convivencia fue el gran problema en la literatura de Julio Verne y encontró que no tiene solución. Pues, aunque el hombre se entienda en masa, es decir, en cantidades el hombre es predecible. Ejemplo, se dice que los hombres se interesan más por lo abstracto y las mujeres por lo práctico, la manufactura. De ahí que la mujer sea considerada la inventora de la agricultura y el hombre de la filosofía. Bueno, como datos generales eso es medible y se puede aplicar a un buen número de personas. Pero, a lo que voy, es que el hombre como individuo es impredecible e inclasificable. Nadie sabe como actúa en él su inconciencia. Y el que cree tener alguna luz en sus impulsos luego se queda frío al saber que, como lo expresa Wilde, solo se es conciente de los impulsos más débiles, pues una fuerza aterradora es la que gobierna. De esta manera las cosas se complican pero en esa misma medida fascinan.

El amor, gran dilema. Parece que se despierta cuando la esperanza va perdiendo su brillo. Recuerdo un episodio con Luciana, fui algo cruel, pero quería hacer un experimento. Ella estaba enojada conmigo porque nunca le discutía y no tomaba decisiones. Cada día sentía en ella que se molestaba con mi presencia. Me miraba con desilusión porque no era ese hombre para admirar y seguir, ese conversador y encantador de serpientes que es pilar y sombra, ese soporte ilusorio donde colgar las penas y los calzones lavados. Al no ser El hombre, tuve la oportunidad de aplicar un contrario. Antes de dormirme la miré y le dije que basta, que dejara de sentir culpa, que me largaba, que no debí haber viajado, que no sé que le vi. Ella se quedó mirándome y me pidió un abrazo. Al menos por esa noche estuvimos tranquilos.

No sé a que se deban estas reacciones. Lo único que entendí es que en el amor todos somos analfabetos. Yo encabezo la lista. Y aún con mis desconocimientos, sé que lo que más duele es negarse a olvidar. La esperanza de ser feliz nos llena de temores, cada vez más grandes, de que nunca se concrete un sueño. Pero cuando se deja de esperar se deja de temer.

El temor es una venda en los ojos que no deja ver el milagro de respirar. Un temor que conduce al vacío. Esa sensación de vacío nos destruye, es como una industria dentro de uno que se expande por todo el cuerpo. El vacío de estar incompleto, el vacío de que las cosas no se puedan dejar de anhelar. Por eso, para mí, lo que hago es defender el egoísmo y dejar a mi soledad que conviva con otras soledades.

El amor es un juego de contrarios de dos soledades distintas. Igual, todo esto puede ser un equivoco, pero tanto me he equivocado que los errores son lo que me han permitido estar vivo. Después de la tormenta llaga la lluvia y de la lluvia el gris.

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Cada palabra es un conjuro para espantar la soledad

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