Casi siempre es el miedo de ser nosotros lo que nos lleva delante del espejo.
Antonio Porchia


El amor, un juego de contrarios

>> miércoles, 30 de junio de 2010

No entiendo cómo la mujer me genera tantas cosas en la boca del estómago. Nada tan extraño como un “te quiero” después del beso. Sabe a jugo de mora a las tres de la tarde de un día de verano, a carcasa de mujer para mi clavo sin soldadura, a segundos de placer por semanas de cortejo.

La mujer imaginaria es delgada, con senos grandes y buen trasero. Pero la mujer que quiero no coincide con la mujer imaginaria. Mi primer contrario evidente. Lo único claro del asunto es que el amor es un tema inquietante que no puedo resolver. Por ello, casi odio a la mujer que quiero. Error de contrarios.

Al teorizar el amor se corre el riesgo de juzgar antes de amar porque se ignora que gusta lo contrario. Ejemplo: se entrega si hay resistencia y se resiste cuando hay entrega. Un juego agotador, de intereses truncados.

Todo parte de la convivencia. Problema que aún sigue sin resolver. Aunque el hombre en masa, como lo analizan los humanistas, es predecible. Ejemplo, se dice que los hombres se interesan más por lo abstracto y las mujeres por la manufactura. De ahí que la mujer sea la inventora de la agricultura y el hombre el inventor de la filosofía. Pero el hombre como individuo es impredecible e inclasificable. Nadie sabe cómo actúa en él el inconsciente. El que cree tener alguna luz de sus impulsos luego se inmoviliza al saber que, como lo expresaba Oscar Wilde, solo se es consciente de los impulsos más débiles. Una fuerza aterradora es la que gobierna.

El amor parece que se despierta cuando la esperanza va perdiendo el brillo. Quería hacer un experimento cuando me di cuenta de que la posibilidad de envejecer junto a la mujer que quiero era una estupidez. Ella estaba enojada conmigo porque yo no discutía. Le molestaba mi presencia porque no era un hombre para admirar. Apliqué un contrario. Antes de dormirme la miré y le dije que dejara de sentir culpa, que me largaba, ¿no se qué le vi? Ella se quedó mirándome y me pidió un abrazo. Lloró. Esa noche pude abrazarla.

En el amor, si hay amor, no hay olvido. Si no hay amor, entonces hay olvido. Luego, lo que más duele del desamor es el olvido. La esperanza de ser feliz expandió mis temores. Pero cuando dejé de esperar a la mujer que quiero dejé de temerla. El temor conduce al vacío y éste destruye. El vacío es como una mancha dentro de uno que se expande por todo el cuerpo. El vacío de estar incompleto, de que las cosas no funcionen, de estar solo.

El amor: un juego de contrarios, de dos soledades distintas, de dos soledades que se acompañan sin invadirse. El amor: un juego de sombras y luces.

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Cada palabra es un conjuro para espantar la soledad

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