Crearme, recrearme, vaciarme, hasta que el que se vaya muerto, de mí, un día, a la tierra, no sea yo...

Juan Ramón Jimenéz


Quiero una novia campesina

>> miércoles, 4 de noviembre de 2009

El campo se deteriora. Hectáreas de tierra abandonadas por la sin razón de la guerra. Y cuando no es el desplazamiento es la esperanza de una vida mejor que obliga al campesino emigrar a la ciudad.

Además, el dinero que se destina para el agro no llega porque el ministerio de agricultura lo reparte entre sus amigos citadinos.

Peor aún, el campesino se ha vuelto perezoso. Quiere dinero y estar encerrado en una oficina palideciéndose, desnaturalizándose.

Cuando la solución es comprar una casa con huerta. Pensarse con el funcionamiento de las manos. Volver a la tierra es volver al cuerpo, a la sabiduría absoluta: la naturaleza.

El hombre inteligente sabe que la realización del individuo es el contacto con la tierra. Los mamíferos somos de la tierra. El hombre sabio se instalará en una casa rudimentaria con una campesina.

Entre menos entienda la mujer de hermenéutica y de liberación femenina, mejor. No insinúo que la mujer sea bruta. Al contrario. La mujer que no se viste de conceptos cree en el amor natural, sin escepticismos, sin lucha de saberes y de cuerpos, sin imposibles, sin protagonismos. Sucede.

La convivencia no es problema cuando uno no tiene idea de lo que dice el otro. Por ejemplo, un académico humanista puede hablarle a una campesina sobre el fracaso del hombre como dirigente político. El hombre se mató en las guerras y debilitó genéticamente. Por ello, según la ciencia, desaparecerá en algunos años. Por algo nacen más mujeres que hombres. La campesina entenderá al académico más que él mismo y hará el almuerzo. Calmará la angustia del académico al sosegarle el estómago.

Volver al campo es volver al estado natural de los deseos. Es brindarle pasto al instinto. Sembrar begonias, margaritas, claveles, zanahoria, cebolla, yuca. Comprar gallinas ponedoras y un perro. Conseguirse un caballo como medio de transporte. Amarrar una hamaca en el patio y sentarse con una campesina a mirar ocasos. Aprender de ella a asombrase, a callar, a ser campesino, a vivir y habitar la montaña.

Renovar el acto del amor y entregarse a la campesina poseído de silencio y del olor de la tierra. Sudar y entender que el sudor es más fino que todos los perfumes franceses. Sembrar en el vientre de la campesina un girasol y regarlo todos los días. Echarle un grillo y un guiño de ojo. Atrapar rayos de luz en la retina y mirar el girasol. Dejarse arar y que la campesina se inspire y haga surcos en el cuerpo.

Volver al cuerpo sin discursos. Volver al sexo sin ansiedad de otros cuerpos. Volver a mirar el cielo sin anteojos. Volver a caminar sin prisas. Volver a la lluvia sin paraguas.
Volver al campo y reconstruir la historia desde donde no se ha pensado. Todos los procesos de paz han fallado porque fueron concebidos entre asfalto y edificios.

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Cada palabra es un conjuro para espantar la soledad

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