A veces prefiero imaginar que no existe para no necesitarla. Pensar que ya no la pienso para que mañana no me duela. Ese es el secreto de que todos los días me enamore más de ella. Es que no espero verla siempre. Incluso, en las horas de la tarde cuando el ocaso es un manto violeta sobre las montañas siento que ya no la siento. Empiezo a no extrañarla. Es decir, para encontrarla un poco hay que olvidarla otro tanto. Por eso, la distancia es ella marchándose todos los días a mi encuentro.
MANICOMIO 257
Hace 9 horas
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