Crearme, recrearme, vaciarme, hasta que el que se vaya muerto, de mí, un día, a la tierra, no sea yo...

Juan Ramón Jimenéz


No, nada, bueno… eh… no… chao

>> lunes, 10 de mayo de 2010


Sabía que ella no era la mujer que quería de compañía. Aunque me caía bien había algo en su olor que no me agradaba. Olerla me hacía sentir violento. No podía decirle: “mira nena, es que no me gusta cómo hueles y esa es la razón por la que no podemos estar juntos”.

Yo era, en cambio, el hombre que ella quería de compañía. Conmigo ella podía SER sin necesidad de fingir. Pero había estado tan esquivo, tan intocable que ella no podía decirme: “mira nene, es que me gustas en serio y te quiero a mi lado por muchos días”.

Ella estaba interesada en mí y eso era un acontecimiento en mi historia de desencuentros amorosos. Por eso empecé a responder a un juego que no me interesaba jugar. Lo que me atraía era la idea de que yo le gustara.

Tal vez, aquella noche, en la que nos encontramos en aquel bar de mala muerte, quería que las cosas llegaran hasta dónde llegaron. Recuerdo que mientras evité hablar, ella me dijo, sin anestesia, sin tiempo de pensar una contra respuesta:

- No entiendo el por qué te niegas a estar juntos si la pasamos tan bien, además ambos nos gustamos.

Sabía que ella, en su naturaleza, no era la mujer que podía clavarme sus miradas y sus uñas en el corazón. Le faltaba delgadez, oler a ella sin intermediarios químicos, acudir al médico para que la ayudara con la rinitis, tonificar su trasero y afeitarse el mentón antes de dar un beso. Faltaba que ella me gustara.

Noches atrás nos habíamos encontrado en una fiesta de una amiga. No me imaginé que ella estaría allí esperándome. Ella me saludó y me invitó a fumar. Salimos al balcón y hablamos, mejor dicho, la escuché. Por cada tres palabras de ella un sorbo de ron. Preferí atontarme con licor a decirle que no estaba interesado en su historia y sus sueños. El licor hizo su efecto y la besé, pero sentí que besaba a un adolescente recién afeitado. No pude volverla a besar.

Después de esa noche estaba decido a decirle: No, no más, chao. La llamé. Nos sentamos en el bar de mala muerte y al final de la noche, contra todo pronóstico, resulté en la casa de ella, en la cama de ella, al rincón de ella. Me excitaba hacer mal las cosas para tener el placer de pensar cómo salir bien librado. Sentí su mano en mi espalda. Nos tocamos. Le pedí un preservativo. Justo cuando me lo estaba poniendo: pissssss… se acabó la función. Le dije que el preservativo estaba malo y así yo no le iba. Cómo puede me lo quité y lo metí dentro del zapato para que ella no sospechara de mi precocidad.

- ¿Te gusto? –dijo ella.

- Ehhh… bueno…

- Y si te gusto y me gustas ¿Por qué no lo intentamos? Lo que creo es que tienes miedo y por eso te previenes.

- Puede ser. También puede no ser. Lo que creo es que nos buscamos por miedo a estar solos. Llevamos tanto tiempo sin pareja que podemos aferrarnos ciegos a una mentira.

- Florentino, porque no te dejas de rodeos y dices lo que piensas.

- Ehhh… bueno… no… nada… pienso… eh… que hoy es la última vez que te busco. Quiero dejar las cosas así, inconclusas, para que nos recordemos sin daños. Haré lo posible, por el bien de los dos, en evitarte.

- Porque no te dejas de teorías y admites que tienes miedo.

- No tengo miedo. Creo. De verdad creo… que deberíamos dormirnos porque tengo que madrugar.

Trataba de cerrar los ojos, pero el olor a desinfectante mezclado con crema de manos para bebé y el sudor de su cuerpo me incomodaba. Quería no estar con ella. Llegué a sentir repulsión. Imaginé que la ahogaba con la almohada y entre más nítida era la imagen del homicidio más deseo sentía por ella. La vi bella, deseable y la busqué. Nos besamos y nos tocamos sin quitarnos la ropa.

En la mañana, al despedirnos, ella sonrió. Su sonrisa era de triunfo. Sonreí porque ante ella, ante mí, de nuevo era un ser fragmentado, un ser que había hecho lo contrario de lo que había pensado y dicho. Un ser vacío, con los ojos vidriosos bajo el cielo azul de las ocho de la mañana.

2 comentarios:

César sábado, mayo 15, 2010  
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César sábado, mayo 15, 2010  

Uff, ehh, uff, bueno... muy bueno. lástima la fotico. por lo demás, uff. bueno, supongo que entre gustos no hay disgustos.

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Cada palabra es un conjuro para espantar la soledad

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