Crearme, recrearme, vaciarme, hasta que el que se vaya muerto, de mí, un día, a la tierra, no sea yo...

Juan Ramón Jimenéz


Para los que tenemos el alma empedrada

>> jueves, 29 de noviembre de 2007


Para los que nacieron en el campo y se criaron entre árboles. Para los que jugaron en potreros y asustaron a los caballos. Para los que metían cocuyos entre las cobijas creyéndolos más naves espaciales que cocuyos. Para los que buscaron lombrices en la tierra y se fueron con ellas en un frasquito, en el bolsillo, a pescar. Para los que, desafortunadamente crecieron, cuando la infancia sucumbió a los tentáculos de la razón, y sintieron que al campo no podían progresar y se marcharon... habrán de saber que serán, de alma, campesinos.

No importa que se pongan ropa fina, vayan a bares de rock, hablen de mujeres, trabajo, la academia, la ciudad. No importa si compran pomadas y químicos para disimular la tez rosasea que caracteriza al campesino. Porque creen que en la ciudad la palidez es estar a la moda. El pálido es el contemporáneo.

No importa que cambien de acento y se crean más civilizados, frecuenten los cines y las discotecas. Después, regresan al campo de visita. En casa miran a sus padres y sientan tristeza de ellos. De la humildad tan macabra en que viven. De que hacen parte de un pasado que ignora que el dinero hace más rápida y más desdichada la vida, pero más rápida. Entonces le compran ropa nueva a sus padres.

Se creen mecías y saludan con exagerada amabilidad porque saben que están de visita. Si se quedasen para siempre, no saludarían tan rápido y sin tanta bulla.

Saberse efímeros los hace sentir importantes. Exhiben sus ropas, sus peinados, sus tez pálidas. Porque en la ciudad la piel se blaquea. Invitan a los antiguos amigos a cerveza y les cuentan de cómo se vive en la ciudad.

No importa que vuelvan a la ciudad y se encierren en sus cuartos a recordar los paisajes de la infancia y anhelen volver a casa. Porque en la ciudad hay que estar encerrado. El encierro es la representación del individualismo, del desconocimiento del otro. En la ciudad deben andar a prisa, ir algún lado, entrenarse para la indiferencia y desacostumbrarse de saludar a todo el que se encuentran.

Pero los días de descanso, así no se lo digan a nadie, anhelan volver al campo, solo volver y ver los árboles, los pájaros, las nubes. Estar unos instantes y disfrutarlos. Luego partir a la ciudad hasta que deciden volver definitivamente al campo. Se construyen una casa y viejos, se entregan felices a la muerte.

Fueron como animales de circo que divirtieron a muchos durante años. Estuvieron encerrados, con las tres comidas al día. Ya cansados de lo mismo, a un descuido del domador de animales, se escaparon al campo. Vuelven más viejos a morir donde nacieron. Aceptando que fue un error haber huido de la muerte cuando fue vida.

Para los que nacieron en al campo y están lejos de él y aún se sienten jóvenes para volver, no duden, vuelvan al campo ahora que están jóvenes. No esperen toda una vida para decidir algo que pueden evitar.

Estén seguros de irse ahora, que son briosos y pasionales, y disfruten del campo, del silencio malacaroso en un balcón y vivan. No dejen que la vejez los prive de coleccionar ocasos, de ordeñar la noche, de sentir que es larga y tranquila la vida. No le teman a su libertad.

Vayan y no me esperen, no me llamen, no me juzguen, es que se me está empedrando el alma. Qué no les pase lo que a mí. Que tal vez prefiero el tedio y derramarme todos los días sobre estás líneas. Tal vez les sea tarde esperarme.

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A su salud ¡derrotados!

>> jueves, 15 de noviembre de 2007

Brindo por los que aún tropiezan y se le encharcan los ojos. Por los que alguna vez soñaron con que eran astronautas. Por los que han mirado un revólver con satisfacción. Por los que esperaron el amanecer con una botella rota en las manos. Por lo que hablaron solos dormidos confesando sus más siniestras tristezas. Por los que se entregaron tanto que se olvidaron de recibir.

Brindo por todos aquellos, que alguna vez, fueron rebeldes sedentarios.

Alzo la copa de vino y me atraganto por aquellos, que ante un tejado, por la perdida de una pelota, sintieron una desolación alarga cuellos.

Brindo por los que vivieron tan intensamente que no tuvieron tiempo de estar tranquilos. Por los que fueron tan ellos que la noche de sus penas no conoció el alba. Por los que aún sabiendo que su causa es una causa perdida, alzan el pecho y con más determinación continúan. Por los que beben solos y esperan pacientemente a que la vejez les haga compañía.

Brindo por los que intentaron por todos los medios creer en Dios. Por los que habiendo nacido en mi patria aún se resisten a ser conquistados por el progreso y la idea de una vida digna.

Brindo por los que jugaron con muñecos de yupi y creyeron que eran monstruos de cabezas gigantes. Por los que apostaron con un amigo el amor y perdieron. Por los que se hacían los que no tenían hambre para que sus madres les diera la sopa. Una cucharadita por su mamita que los quiere tanto y la boca se abría después de una malacara complaciente. Brindo por los que se asustaron ante un espejo porque amanecieron más altos y con los primeros vellos en las axilas. Brindo por los que se hacen perseguir de la infancia porque se robaron la nostalgia.

Por los que alzaron el teléfono y preguntaron por una persona que no conocían para no sentirse tan solos.

Brindo por ustedes, derrotados, los que saben que mañana es un peor día.

Brindo por los que se hacen los dormidos para que la irrealidad no los sorprenda.
Derrotados ¡A su salud esta derrota! La felicidad no existe.

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Sálvame Dios de mí mismo, sino no hago nada para empezar a vivir

>> viernes, 2 de noviembre de 2007

Mi situación no es envidiable. Quiero llorar y sacar con lágrimas esta mierda que siento. No puedo. Estoy jodido. Me pesa mi vida, mi inutilidad. Tantas veces he dicho que no soy bueno para nada que al parecer es para lo único que sirvo. Pienso que represento el papel del incomprendido, el solitario, el decadente, el triste, el que involuciona al sedentarismo.

Estoy comprimido, estancado, estático, al margen de mis sueños.

Mis sueños no son lo que siento. En mí pesan y por mi cobardía de hacer de ellos mandamiento de vida, me inmovilizan. Ya no los siento como punzadas en lo profundo del alma, sino como un agudo desanimo.

No quiero hacer nada. La universidad me parece lo mismo que estarme en un rincón del cuarto, con las manos en las rodillas, apretando los dientes, esperando a que la muerte se apiade y venga a hablar conmigo.

Me estoy cansando de no poder estar en otro estado de animo distinto a la desolación.

Alegría habítame desde todos los sentidos. No me dejes ser el mismo disco rayado; el mismo eje condenado a girar sobre si mismo, a lo oscuro, el dolor. ¡Si tan solo pudiera llorar!

No vislumbro lo que me contiene. Me duele ser el que soy. Nadie más que yo. Mi más sincera mentira. Me sufro desde los pies hasta el inconsciente. Soy del tamaño de un precipicio. No termino de caer. No lloro.

Me tengo a mí mismo, con los días más extraño.

Creí que vivir en una provincia, en un pueblo, como en mi infancia, ayudaría a remediar mi desasosiego.

Creí que un pueblo me limitaría a ver el cielo y sentirme satisfecho con los ocasos, una de las diversiones de Dios en las tardes.

No me sirvió de nada la provincia. En menos espacio soy más desierto y más selvático.

La geografía de mi alma no está pavimentada. Estoy más allá de lo que ven mis ojos, de lo que tocan mis manos, de lo que respiro, huelo y oigo. Estoy tras el velo que cubre el vacío.

No puedo huir de lo que soy y padezco. Pero si puedo no tener casa. Tal vez lo que no me deje llorar es que mi cuerpo desconoce del dolor del alma. Mi cuerpo siempre ha tenido una cama cómoda, tres comidas al día y ha podido protegerse del frío. Hasta en mí soy disparejo.

Debo salir, hacer un viaje, irme de Girardota. Vivir el dolor de mí alma y hacerlo cómplice del cuerpo.

No quiero saber que un día voy a engordar de ser el que soy ahora, el inútil, el que por miedo a la vida se entregó a la rutina. No quiero huir de todo por miedo a encontrarme.

No. No quiero representar por más tiempo a el incomprendido, el ofendido, el muerto en vida.

Necesito vivir. Irme de viaje. Caminar sin rumbo fijo. Debo ser condescendiente con lo que siento.

Siento que no sé para donde voy. La cotidianidad me lo dice a todo momento. No puedo convivir ni construir una relación estable con una mujer, me es difícil trabajar, se me complica la conversación, no puedo defender ninguna de mis ideas, me asusta todo lo que se conjugue con responsabilidad...

En definitiva, en el sistema en que todos se proyectan y ven sus sueños, yo resbalo y me quedo cruzado de brazos, consumido por la impotencia.

No puedo jugar a ser un ciudadano honrado y trabajador. Sería matarme en vida. Perderme y no aceptarlo.

Si, lo que necesito es seguir mis corazonadas. Irme al mundo. Tener más territorio para expandirme. Darle a mi cuerpo la oportunidad de trasportar mi alma, que si la entiende, sea su dolor y juntos, cuerpo y alma, me enseñen a llorar bajo las estrellas.

Es hora de ser más yo de lo que soy ahora. Más triste y hombre. Más mundo y sueños.

Quiero hacer algo por mí, así fracase: Irme de lo que por cobardía considero mío. Cambiar mi sedentarismo por paisaje.

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Putas, todas son unas putas. En fin... putas



Soy un resentido desconfiado. Me cuesta mucho creer en las mujeres. Bueno, a las que quiero.


Soy conciente que con este texto las cosas me serán aún más difíciles. Pero que le voy hacer, debo ser fiel a lo que siento y creo. Y creo y siento que todas las mujeres son unas putas antes de ser madres y renunciar a ser mujeres para ser madres. Aunque hay algunas madres... Hum... ¡Qué madres!


Lo de putas no lo digo en forma despectiva. Al contrario, desde el más puro sentir, donde se limita con la santidad. Digo putas como digo aves. La diferencia es que las aves saben esa cosa de ser aves y volar en invierno, a tiempo.


El problema es que las mujeres que me la han jugado no lo han hecho muy bien que digamos. Fueron inocentes.


Al principio creí en ellas. Hasta puedo decir que les fui fiel mientras no dudé. Pero cometieron el error de dejarme pistas. Al parecer fue a propósito para que las descubriera como si yo fuera el detective privado de los cuernos. Y por mi manía de contar historias, de construir hechos con frases sueltas, de leer los rostros, terminé descubriéndolas. En sus rostros vi la culpa. La culpa hizo que sus facciones fueran casi angelicales. Sus pupilas se dilataron constantemente y para no sentirse descubiertas fueron cariñosas y condescendientes.


Hay que desconfiar de las mujeres que te dicen que eres el hombre de su vida. Sobre todo en el momento en que estas serio y no estas pensado en ellas, sino en como desenmarañar un proyecto de novela o el desenlace de un cuento. Y te dicen que eres el hombre de su vida y uno, sorprendido, por tan preocupante ocurrencia, no le queda más de otra que sonreír.


Pero uno nunca llega a imaginarse que tal afirmación fue dicha porque el recuerdo de otro les arañaba las entrepiernas más que tu desprevenida sonrisa. Luego, como para que esa piquiña las haga menos culpables, te excitan y hacen el amor contigo, pero ya no te dicen que eres el hombre de su vida. Y si te lo dicen, es probable que sea cierto y que eres un tipo celoso y posesivo. Porque después de hacer el amor, y si la mujer queda satisfecha, es muy difícil que mienta. Pero si se quedan calladas. ¡Cárajo! Sin duda, hay otro y lo piensan mientras les lames un seno o las ves desnudas.


Lo mejor y lo menos recomendable es que las embaraces. De este modo estarán condenadas a madurar y ser mamás. Pero ya serás tú el que huya. Lo mejor es irse a aceptar que eres un cornudo.


¡Ah, cómo duele la infidelidad cuando uno es la victima! No es fácil admitir que eres una sucursal. Pero si eres lo suficiente maduro para no alterarte. ¡Adelante! Serás el héroe más huevón y burlado.


En mi opinión hay que mandar cualquier sospecha al carajo. Con ella la madre de las sospechas, la mujer: La puta que te hizo frijoles, la que se mojó contigo a altas horas de la noche sin importarle un resfriado, la que te regaló unos calzoncillos de cumpleaños, la que te prestó dinero cuando no tenías ni para comprarte cigarrillos, la que te lloró porque la maltratabas con tus palabras filosas, la que amaneció a tu lado y se reía porque la noche fue corta para tocarte, la que no podes nombrar de otra forma diferente a la de puta porque su recuerdo te duele, la que te hizo sentir querido, la que te dijo pingüino, la que te abrió el pecho para que la traición como espina te chuzara el corazón. Entonces desde lo más profundo de tu sentir, donde se fermenta el odio y representas la soledad sílaba por sílaba, lo único que podes decir es puta. Nadie puede recriminarte, nadie que haya sentido lo mismo, porque hay que sacar el dolor sintiendo, sufriendo y gritando puta, puta, puta...


Tal vez ellas se sientas ofendidas. No debería ser así. En serio. Lo de putas es desde el más puro sentimiento, la justificación de que por ellas estás vivo. Deberían sentirse halagadas porque aún se les recuerda y es difícil olvidarlas.


El puta te queda bien. Hasta luce con tu vestido. Puta me abriste los ojos. Espero a otra a la que pueda querer con toda la fogosidad de mi cursilería y me haga reprimir al tipo indeseado que soy cuando estoy en frente de un par de tetas que parecen inteligentes. Puta no te hagas madre ni me odies, por este texto, más de lo que yo te odio. Te necesito para sentirme triste por estos días y andar con las manos en los bolsillos, cabizbajo.


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