Crearme, recrearme, vaciarme, hasta que el que se vaya muerto, de mí, un día, a la tierra, no sea yo...

Juan Ramón Jimenéz


Resurrección

>> viernes 9 de marzo de 2012

La muerte te pega la lengua al paladar y te sientes tartamuda, como si la lengua no fuera propia. A mí me sucedió así aquel día cuando la muerte estuvo frente a mis narices. Desde entonces soy otra y mi esposo y mi hijo lo sospechan. ¡Pobrecitos! No entiendo los designios de Dios. No sé a que volví.

Mamá no es la misma de antes. Hay menos luz en sus ojos. Incluso, en las tardes se queda mirando el cielo y parece que no estuviera en la sala, como si fuera otro taburete. Papá también anda callado. Los fines de semana bebe con los amigos, cosa que antes no hacía. Creo que él también desea que mamá se hubiera quedado para siempre rígida sobre la mesa.

Felicita estaba fría cuando la tomé en mis brazos y la llevé hasta la casa. Al verla recostada sobre la mesa parecía que estaba en un profundo sueño. Salí a buscar a la vecina que era medio bruja, quién me dijo que era mejor hacer los preparativos para despedirla de este mundo. Sentí un retorcijón en el estómago cuando la vecina le puso la falda, el sombrero y la camisa blanca. Era el vestido que tenía en nuestro matrimonio.

Salí a la huerta por unos tomates para aliñar el almuerzo. Al inclinarme sentí un mareo. Después, todo fue muy rápido, vi un destello de luz que se difuminó a negro. Luego, desperté en un pasillo iluminado que conducía a un cuarto cuyas paredes eran grandes espejos. En ninguna de las paredes se manifestaba mi reflejo. Me sentía en el cuarto pero no me veía. Era angustiante. En un costado de una pared vi una mancha que se movía. La mancha estaba encerrada por tres ranuras que formaban el marco de una puerta. La puerta cedió y mostró unas escalas empinadas. Al final de las escaleras había otra puerta abierta por la cual entraba un grueso rayo de luz. Por más que caminaba la distancia era la misma y pesaban más los pies. De pronto, empecé a escuchar el tic tac del reloj. Tic tac y la puerta se cerró. Tic tac y todo estuvo oscuro. Detrás del tic tac escuché algunos susurros, como el que hacen las comadres cuando rezan en los velorios. Los susurros se sobrepusieron al tic tac. Sentí miedo cuando algo me haló los pies. Grité.

Mamá se levantó de la mesa como un resorte. Estaba pálida y sus gritos nos alarmaron a todos. Pero algo en ella cambió aquel día. Papá y yo lo sabemos.


 

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Día latido

>> domingo 4 de marzo de 2012

Hago nada
Ningún amigo llama
No haré cosas asombrosas.


Mis días
hojas arrugadas de un prosista.

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El vidente invidente

>> jueves 23 de febrero de 2012

Fabián tiene 18 años y está ciego, sordo y mudo. Los sentidos los fue perdiendo progresivamente sin que los médicos pudieran hacer algo para impedirlo.

“El niño después de los seis años empezó a enfermarse sin que nadie pudiera hacer nada. Lo más terrible fue que los papas lo encerraron en un solar” cuenta Amparo, la tía que ahora lo cuida.

Fabián desapareció de las calles al cumplir ocho años, justo cuando perdió la vista, al año quedó sordo y luego mudo. Los padres lo aislaron como si el niño fuera una enfermedad contagiosa y peligrosa dejándolo en un solar de dos metros cuadrados.

Sobre la enfermedad, aunque la medicina tradicional no haya encontrado la causa, existe una hipótesis de brujería popular que explica el enigma. Dice Doña Pepa, sabedora del manejo de las plantas medicinales, mientras mira las cenizas del tabaco: “Hay niños que nacen con dones que no pueden ser revelados porque se enferman. Por eso las parteras tienen un código secreto y es que deben quedarse calladas. Al parecer, me dice el tabaco, la partera contó de los dones de Fabián y por eso él sufre un daño irreversible”.
En una casa, a las afueras de pueblo, vive Lucia, la partera que había atendido más de trescientos partos. Pero desde hace diez años está sola y huraña. Parece una bruja de cuento infantil con su nariz larga, cabello largo en trenza, encorvada, mueca, con un vestido gris rasguñado por alguno de los diez gatos que cuida.

Dicen los vecinos que antes era una mujer bondadosa que trabajaba en una fábrica de tinturas y lo de partera era una vocación que había heredado de su madre. Pero en la última década, como una maldición, pocos meses después de que Fabián hubiera quedado ciego, perdió el trabajo, su esposo y sus dos hijas y la razón. Desde entonces es imposible hablar con ella.

Amparo al enterarse de la situación de Fabián se dirigió a la cede de de Bienestar Familiar y con una orden y dos policías encontró al niño en calzoncillos con el cuerpo en costras de mugre. Desde hace dos meses está a cargo del niño y camina con él por el parque del pueblo. Pero la gran recompensa, dice Amparo, fue ver sonreír a su sobrino, hace dos días, mientras dirigía sus ojos ciegos al cielo que era atravesado por un arcoíris.

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Los enjuiciados

>> jueves 16 de febrero de 2012

Tres amigas se encuentran después de varios años. Las tres tienen niños pero ninguna ama al padre que los engendró.

- Yo creo que a los hombres, cuando se lo merecen, hay que darles un bofetón. Dice C.

- Yo creo lo mismo. Pues el chico con el que andaba está enfermo. Como no quise nada con él y eso es decisivo, él se endiabló y se puso violento. Pero, cuando una no quiere nada con un hombre ya nada le despierta el deseo. Bueno, el caso es que este chico llegó a desesperarme tanto que una vez le tiré el mercado encima y le di puños como una loca. Confieso que descansé. Concluye L.

- Yo salí con un man que si estaba loco. Imagínese que una vez en el centro, sin motivo, empezó a armarle problema a otro chico que estaba sentado. El chico me decía que me lo llevara que estaba a tiempo. Pero nada, este man seguía insultándolo e invitándolo a pelear. Hasta que el chico sacó un cuchillo y nos persiguió tres cuadras. Cuando llegamos a la casa me lleve las manos a la cabeza y empecé a gritar: “¡Hijo de puta, hasta hoy sigo con vos! ¡Me voy! ¡Casi me haces morir de un infarto! Contaba F.

- Y qué sucedió luego, pregunta L.

- El man se queda mirándome como si yo fuera la loca y me dice que me calme, que lo estoy asustando, que mirara como temblaba Lulu, la perrita que le había regalado su madre. Me dio más piedra y de un manotazo cerré la puerta. Concluye F.

- Hiciste muy bien, pues yo al mío, y lo celebro, después de aguantármelo casi cinco años, le di su bofetón. La cara que puso. Es para morirse de risa. Como si le hubieran cambiado la compañera y él no se hubiera dado cuenta. Finaliza C.

- Creo que nos enredamos, quisimos ser mesiánicas y nos crucificaron. Yo admito que hubiera querido que mi nena hubiera sido hija de un hombre que admirara. Pero, a veces, veo unos gestos que hace la chiqui y me descentran. Dice L.

- Es cierto, pero también hay que aceptar que nadie nos obligó y hasta lo disfrutamos. Responde F.

- Pero eso no quiere decir que sean ellos los compañeros que deseamos para educar a nuestros hijos. Todos son unos miserables y tus experiencias F. no son las más afortunadas. Argumenta C.

Justo en ese instante se escucha el llanto de un bebé y las tres mujeres, como felinas, corren a socorrer el hambre de alguna de las tres creatura que sueña con caballos azules que cabalgan por los tejados.

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Acto poético

>> martes 7 de febrero de 2012

Es de noche, nos hemos fumado un porro y quiero jugar con los ovarios de ella. Para que la cosa no sea muy evidente,  sigo siendo, a pesar de mi reputación, un viejo discreto y busco mi cuaderno de apuntes y le leo algo insinuante. Ella sonríe, se lleva la mano a la entre pierna y me dice:

- Florentino estas pasado de moda.

- Pero nena, si lo que quiero es compartir una rato contigo, nada más.

- Por eso mismo. Lo que no entiendes es que a los caballos viejos los reemplazan los caballos jóvenes, los que aún son briosos.

- Bueno, pero vení te leo un último texto.

Aprovecho un descuido de ella y llevo mi mano a sus piernas y ella me abraza pidiendo más caricias. En ese momento me retiro y le sonrío:

- Mis mañas son más inquietantes que los bríos. Nos vemos linda.

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