Crearme, recrearme, vaciarme, hasta que el que se vaya muerto, de mí, un día, a la tierra, no sea yo...

Juan Ramón Jimenéz


Sesenta años solo

>> lunes, 19 de diciembre de 2016



Con este micro salgo a vacaciones este año. Para todos los que pasaron por este espacio les deseo salud y sabiduría para el nuevo ciclo que empieza.

Desde pequeño quiso ser un hombre importante. Soñaba con ser diferente a sus hermanos. Por ello, dedicó toda su fuerza vital en capacitarse y acumular diplomas para certificar sus conocimientos. En pocos años enmarcó sus sueños y los colgó en la sala de su casa, agregó varios ceros a su patrimonio y viajó por todo el mundo,  figuró en la lista de los hombres ilustres, lideró proyectos humanistas... En fin, se ubicó en el púlpito de los hombres respetados.
Sin embargo, a sus sesenta años, en las noches, acostado en su cama, con las cobijas hasta el pecho y los ojos abiertos, se siente intranquilo. Es incapaz de confesar a la jovencita, que podría ser su nieta, que solo la quiere unos segundos, cuando se desnuda y la besa y le hace el amor. En ese frenesí le dice te amo como si eso fuera suficiente para ocultar su desazón. Mientras tanto, en esos segundos, su compañera lo desconoce y responde con desgano a su declaración de amor. Para evitar que él la vea llorando cierra los ojos y recuerda su infancia. Se ve de niña con sus hermanas ayudando a su mamá en el cuidado de las gallinas.
Él siente un estremecimiento. Gime. Luego vuelve al rincón de la cama y apaga las luces. Ella organiza su pijama, busca sus calzones que estaban en el borde de la cama y se los pone. Trata de decirle algo, pero él ya no la determina. Ella, con lágrimas en los ojos, sigue recordando la casa donde fue feliz. Él la escucha llorar y disfruta. El llanto lo arrulla y lo sumerge en el sueño. A veces ha considerado la idea de terminar con ella para no hacerle más daño. Aunque es incapaz de dejarla ir porque con ella ensancha la herida insondable que lo hace sentir sesenta años más solo, sesenta años más triste, sesenta años más lejos de la mujer que ya no llegará porque es una ausencia tan fuerte que  ha empezado a averiar los resortes del colchón. 


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La magia de un beso

>> lunes, 5 de diciembre de 2016



Fragmento del capitulo 10 de la novela que por estos días está circulando. Buen provecho.

Solía sentarme en la cama con una taza de café y un cigarrillo para intentar ordenar las ideas. Algunos días mi cabeza era un cuarto desordenado. Los pensamientos, cosas tiradas en el piso, unos sobre otros. Si buscaba alguno era imposible y esto me sumergía en la tristeza. Logré identificar que ese caos lo originaba el miedo. Intenté buscar el temor. Recuerdo que mi primer miedo, del que no me libro por completo, era enamorarme. Me aterraba y lo anhelaba. Imaginaba la compañera que me hiciera sentir menos triste y a los minutos me aburría sin remedio. Sin embargo, fantaseaba con besarla en un acto religioso. Claro que en un lugar para los dos, porque no me atraía la idea de sentarme en un parque y exhibir el amor como una prenda de vestir de última moda. Me indisponía ver a aquellas parejas que se besaban con las manos y las piernas como si les faltara aire. ¡Ah, a lo que hemos reducido el arte de besar! Pues el beso debe ser pausado y tranquilo para que exprese lo que las palabras insinúan. Debe ser un ritual y no un espectáculo de circo barato. Debe ser un acontecimiento estético que erotice el espíritu y produzca ese mareo comparado a la ebriedad del vino. Pero no, las parejas en los parques se besan como si tuvieran hambre y quisieran comerse el banquete del cortejo de un bocado. Como si ese beso fuera el único y el último de sus vidas. Como si se les fuera la vida y con ella la oportunidad de volver a besar. Si es así, estamos perdidos porque eso evidencia la incapacidad de sentir a conciencia. Y si no podemos vibrar con la magia de un beso porque nos puede el instinto… ¿Qué será del amor? Tal vez un recuerdo de algunos o una moda en desuso para los más civilizados, los que se creen avanzados. Cuando hablo de civilizados me refiero a los que aman la tecnología, pero sin parecen cavernícolas: jauría de tristes devorándose los unos a los otros. Quisiera no reflexionar sobre el asunto, y cuando veo esos espectáculos siento repudio... 

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