Crearme, recrearme, vaciarme, hasta que el que se vaya muerto, de mí, un día, a la tierra, no sea yo...

Juan Ramón Jimenéz


Un maestro de las palabras

>> jueves, 5 de junio de 2014



Leí hace tiempo en El Colombiano una crónica que hizo cronista Alberto Salcedo Ramos sobre Juan José Hoyos, el maestro de muchos. Sentí que ese homenaje era apenas merecido. 

Después de ese texto hice memoria de cómo fue que lo conocí. Recuerdo que al ingresar en la Universidad de Antioquia, en el 2003, quise preguntar a los chicos de semestres avanzados sobre el maestro. Todos sonreían y me decían que esperara para que averiguara, por mis propias percepciones, sobre su reputación. Pues, para muchos, en ese entonces a puertas de su jubilación, era uno de los profes más aburridos de la facultad. 

Esperé tres semestres para ver una clase con él. En ese primer encuentro salí decepcionado porque no vi nada asombroso. Creí que el gran Juan José Hoyos iba a dar un discurso que me cambiaría la vida. Ese día llegó y se sentó frente a todos. No habíamos más de seis estudiantes y en un silencio, casi aterrador, leímos la crónica El sastre de Gay Talese. La clase fue tan tranquila que se tornó algo aburrida para mi gusto. Precisamente, lo entendería después, ese era el truco. Buscar lo asombroso en lo que a primera vista no tiene importancia. 

De un momento a otro estaba hipnotizado con su conversación. Después de clase él nos invitaba a tomar tinto o cerveza. Poco a poco empecé a evocar estos encuentros porque en ellos vi la grandeza de Juan José. Su método consiste, como en la antigua Grecia, en el dialogo que intenta construir cotidianidades más que conceptos. 
Años después, ya jubilado, me invitó a su casa en Cisneros donde vive con su esposa, Martha, una mujer hermosa que es como una flor que cultiva orquídeas, anturios y otra infinidad de flores. El motivo de la visita era acompañar a Juan el día del idioma. Él desde hace años comparte con los niños de una escuelita abandonada por las administraciones de los municipios de Santo Domingo y Cisneros. Llegué en la noche del 22 de abril. Juan José estaba algo resfriado, pensé. Pero era algo más grave, Juan es alérgico al frío y a los pelos de los perros y esto le ocasiona una tos intermitente que no le permite respirar. Esa noche Juan se enfermó y en la madrugada lo llevaron al hospital. Llegó de nuevo a las cinco de la mañana, disfónico, con un pasamontañas y bufanda, a organizar el evento. Cuando le pregunté si quería descansar me dijo que ya estaba bien porque era de día. Me confesó que desde hace mucho le teme a la noche porque no puede dormir. A veces, cuando oscurece, se asusta porque estará de nuevo ante sus fantasmas. Luego, revitalizado, me dijo que cuando uno le hace una promesa a un niño por principios hay que cumplirla. 

Juan José, como lo predicaba el milenario Confucio a sus discípulos en el siglo IV antes de Cristo, no le interesa hacer nada extraordinario para buscar adeptos. Lo único que busca es vivir en armonía con su entorno y con su ser interior. Por eso, el compromiso con los niños, su familia y la literatura. Sus enseñanzas, a mi modo de ver, no estaban en el salón sino en bar de Ciro, en bar del Hamaquero o en algún otro lugar del centro de Medellín. La posibilidad de conversar e irse descubriendo día a día era lo que pocos entendieron y pasaron por alto en sus clases. 

Los que recibieron sus palabras entendieron que el maestro se caracteriza en su conversación y crónicas por sus palabras sencillas que brotan tranquilas y sin malabarismos discursivos. Palabras que llevan varias generaciones en el corazón porque les despertó el amor por la palabra. Palabra que en él se fermenta y se renueva. Palabra que juega entre los anaqueles de su biblioteca (Dacha) en Cisneros. Palabra que recrea paisajes e historias de un país sumergido en el letargo de la guerra y el olvido. Palabra antigua que en Juan es abrazo, sonrisa, ron con Coca-cola y muchas más palabras.

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Cada palabra es un conjuro para espantar la soledad

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