Crearme, recrearme, vaciarme, hasta que el que se vaya muerto, de mí, un día, a la tierra, no sea yo...

Juan Ramón Jimenéz


Carta a un maestro

>> sábado, 23 de marzo de 2013


Hace poco leí en El Colombiano, el diario de más despliegue de los antioqueños, una crónica que hizo el mejor cronista del país: Alberto Salcedo Ramos sobre Juan José Hoyos, el maestro de muchos. Sentí que ese homenaje era apenas merecido por toda la labor que Juan José ha hecho por el periodismo en el país. 

Después de ese texto hice memoria de cómo fue que lo conocí. A veces uno se olvida de los episodios importantes por la injusta razón de que fue tiempo pasado. Pero, en esta ocasión, ese tiempo pasado ha sido uno de los mejores tiempos que puedo recordar gracias a las enseñanzas.

Recuerdo que al ingresar en la Universidad de Antioquia, en el 2003, quise preguntar a los chicos de semestres avanzados sobre el maestro. Los primíparos, los estudiantes de primer semestre, se caracterizan por buscar grandes historias, incluso inventárselas, para contarles a los familiares lo que es la Universidad. Pero yo, lamentablemente, por mi personalidad introspectiva, no hice nada distinto a lo que hacía en mi casita en el campo, en Fredonia. Es decir, me quedé callado esperando que los días, uno tras otro, pasaran sin novedad encerrado en la biblioteca donde leía porque no quería hablar con nadie. Cuando tuve un poco de confianza volví a preguntar sobre el maestro. Todos sonreían y me decían que esperara para que averiguara, por mis propias percepciones, sobre su reputación. Pues, para muchos, en ese entonces a puertas de su jubilación, era uno de los profes más aburridos de la facultad. Tuve que esperar tres semestres para ver una clase con él y agradecerle a la universidad por permitirme ser su alumno. 

En esa primera clase salí decepcionado porque no vi nada asombroso. Pensé que el gran Juan José Hoyos iba a dar un discurso que me cambiara la vida, cosa que se espera de los grandes maestros. Ese día ocurrió todo lo contrario. Fue una clase de las más normales. Precisamente, lo entendería después, ese era el truco. Buscar lo asombroso en lo que a primera vista no tiene importancia. Ese día llegó y se sentó frente a todos. Era un jueves en la tarde y no habíamos más de seis estudiantes y en silencio, casi aterrador, leímos la crónica “El sastre” de Gay Talese. La clase fue tan tranquila que se tornó algo aburrida para mi gusto. Así que dejé de indagar por el gran Juan José y ocurrió algo inexplicable. De un momento a otro, sin que lo hubiera buscado, estaba hipnotizado con la conversación del maestro. Fue como un amor silencioso que fue creciendo hasta convertirse en imprescindible. Un amor que me enseñó que la grandeza de Juan José consistía en que él no estaba por encima de nadie. Por eso su método consistía, como en la antigua Grecia, en el dialogo que intentaba construir cotidianidades más que conceptos. Tal vez, por eso, en aquella primara clase y en la mayoría no llamó a lista. Una de las cosas que más recuerdo es que en sus clases prevalecía la calma como ejemplo de vida. 

Algo así predicaba el milenario Confucio a sus discípulos en el siglo IV antes de Cristo. Él decía que no le interesaba hacer nada extraordinario para buscar adeptos. Lo único que buscaba era vivir en armonía con su entorno y con su ser interior. Creo, que de alguna manera eso fue lo que nos enseñó Juan José en la U. Porque el verdadero maestro no era el que estaba en el salón sino el que salía con sus alumnos o amigos a tomarse unas cervezas en el centro, en el bar de Ciro o en donde el Hamaquero. La posibilidad de conversar e irse descubriendo día a día era lo que pocos entendieron y pasaron por alto en sus clases. 

Los que recibieron sus palabras entendieron que el maestro se caracterizaba en su conversación y crónicas por sus palabras sencillas que brotan tranquilas y sin malabarismos discursivos. Palabras que llevan varias generaciones en el corazón porque les despertó el amor por la palabra.

3 comentarios:

Innombrable sábado, marzo 23, 2013  

ES UN GUSTO PASAR POR ACÁ Y LEER COSAS INTERESANTE... YA SOMOS VISITANTES FRECUENTES.
TE COMENTÉ EN EL COMENTARIO QUE ME DEJASTE POR MI CASA
UN ABRAZO
CARLOS

Juan Camilo jueves, marzo 28, 2013  

Innombrable
Gracias por tus comentarios. Es un gusto compartir estas palabras.

Jordim
Maestro es.

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Cada palabra es un conjuro para espantar la soledad

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