Crearme, recrearme, vaciarme, hasta que el que se vaya muerto, de mí, un día, a la tierra, no sea yo...

Juan Ramón Jimenéz


Carta para una mujer que tiene una ventana gigante en su cuarto

>> miércoles, 14 de noviembre de 2012


Hola, que bueno saludarte. No te había escrito porque se me hubiera olvidado o lo postergara. Todo lo contrario. Me explico mejor: mis ganas de vos me impedían que te escribiera a diario. Ocurre que cuando un ser me interesa me dan unas ganas repentinas de estar conmigo. Entonces hago de ese ser, en este caso tú, un pensamiento en voz alta y me aíslo un poco de todo. No pienso en nada ni en ti cuando me dispongo a estar conmigo. Entro en un estado meditativo y puedo sentir cosas. Por ejemplo, mientras escribo, percibo que entre las palabras corre un arroyo pequeño. Allí susurra el agua y se ve una que otra mariposa pasar entre las flores. El viento mueve las ramas de los árboles y los pájaros cantan. Nada falta ni yo falto. Cada cosa es la cosa indicada porque el azar es un viejo mago que conoce todos los trucos y los giros. Nunca falla. Es cuando uno se da cuenta que puede ser suficiente porque cada individuo es como una selva de palabras por descubrir. Lo interesante es que tiene a disposición varios mapas de  tesoros escondidos...               Entonces pienso en ti y sonrío y te guiño un ojo y te vuelvo a mirar para que te des cuenta de que soy el que te miro y…                   Bueno…como un gatito pequeño juego con un posible y lo desenvuelvo en la sala y lo rasgo y luego, me quedo dormido... En fin, querida, espero verte pronto y que la gracia te abrigue siempre.

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La burbuja. Ejercicio de escritura colectiva

>> viernes, 9 de noviembre de 2012


A continuación un cuento a dos manos. Uno de los autores es Cristián Cadavid Palacios, actor y docente. El otro soy yo, el responsable de este blog. El ejercicio consistió en crear situaciones que el otro debía resolver. Espero lo disfruten tanto como nosotros. 

Él le susurró al oído: “Desaparece”. Ella lo miró y le contestó: “¡Cristián tengo el deseo como un niño chiquito jugando con un burbujero!”. Al instante soltó una carcajada mientras él continuaba con las burbujas y veía como subían y luego explotaban. La magia consistía en que la burbuja se sostuviera en el aire como una ilusión, como una caricia. 

Ella estiró una de sus garras y estalló una a una las burbujitas que él había fabricado en un afán de poeta niño. Él se sorprendió porque no contaba con ese imprevisto. Así que sacó de su bolsillo una bolsita de papel café y metió la mano. En ese momento salió de la bolsita un pájaro azul, más conocido como azulejo.

El azulejo se abalanzó sobre la dama de garras y le robó un beso azulado. Ella se asustó y vio como el pajarito dio algunos aleteos en el aire sosteniéndose unos segundos. Luego explotó como una burbujita. 

El hombre guardó en el bolsillo del pantalón su bolsita café. Tomó el burbujero e hizo unas burbujitas. Se montó en una de ellas y se dejó arrastrar por el viento. Pero antes de irse escuchó la voz de ella que decía: “¡Cristián tengo el deseo como un azulejo o una burbujita alada! Él sintió un frío en la espalda y la piel se le puso como piel de gallina. Entonces, de la bolsita café sacó una máquina de afeitar y se rasuró las piernas. Luego, como si no hubiera escuchado nada, volvió a recostarse en su burbuja. En ese instante sintió un olor a jabón desinfectante y levantó la cabeza. No podía creer lo que veía. Ella tenía los brazos abiertos y en su vientre, a tres pulgadas del ombligo, se divisaba el alba. Fue cuando observó que sus vellitos flotaban como azulejos alrededor de ella. 

Y burbuja con burbuja terminaron de darse un baño en aquella bañera parlante que relataba historias. Mientras, el agua recorría sus cuerpos sumergiéndolos en un eterno mar de palabras ahogadas. Colorín colorado, este cuento es una burbuja que ha explotado

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