Crearme, recrearme, vaciarme, hasta que el que se vaya muerto, de mí, un día, a la tierra, no sea yo...

Juan Ramón Jimenéz


Elogio al pan

>> viernes, 15 de febrero de 2008


Sin exagerar, el pan ha permeado todas mis costumbres. No sé, sino no hubiese comido pan, si fuese el mismo en este momento.

Además, me atrevo a profetizar, que no hay un individuo, en este momento, que desconozca la existencia del pan. Y si existe tal ser, creo, que no sería humano, sería, quizás, un híbrido entre reptil y marciano, un desterrado de la evolución.

En fin, me cuesta pensar que sería de mi vida sin el pan. De seguro no me hubiera aprendido el padre nuestro. No tendría sentido esa oración si se omite esa fasecita: “Dadnos el pan de cada día” (aclaro que no creo en el Dios cristiano, pero me fascina la historia tal como está escrita).

Tampoco me hubiera gustado la historia de Cristo sino hubiera multiplicado los panes. No sé que hubiera sido del catolicismo si Cristo se hubiera hecho el bobo, si hubiera desistido de utilizar el pan para atraer a sus adeptos, si hubiera utilizado por ejemplo la tostada o la galleta saltín, eso sería un desastre.

Claro, el pan no fue un invento de Cristo. Hay indicios de que las primeras cosechas de trigo se realizaron entre el V y VI milenio antes de Cristo en Egipto. ¡Cárajo! ¡Qué vaina tan antigua! No me imagino en una cena egipcia con una pieza de pan dura, plana y reseca, que así era que se hacían.

En fin, el pan, sus variedades y sus mitos. Nadie, creo, al morder un pedazo de pan se detiene a obsérvalo como sino fuera un pan, sino una puerta a otro mundo. Claro, somos tan civilizados que ya no hay tiempo para el sueño. Pero si miramos el pan, por lo menos, un minuto, veremos una cosa borrosa que se fusiona con lo etéreo, lo invisible. No estoy tomando el pelo, lo que pasa es que en el 600 antes de Cristo, el pan se colocaba sobre las tumbas para facilitarle el camino a la otra vida a los difuntos. Con ese dato, al menos a mí, me inquieta comerme un pan sin antes mirarlo.

Ah, bueno, debemos agradecerle a los romanos el hecho de que usted que me lee y yo que le escribo conozcamos el pan. Ellos inventaron las panaderías y las propagaron por toda Europa. Claro que las cosas exquisitas y antiguas de las que aún podamos disfrutar deben haber sido, de alguna manera, imaginadas por los griegos. Los griegos creían que los panaderos eran protegidos por la diosa Demeter de la nutrición, que tenía una larga y rubia cabellera de espigas de trigo. Además, creían que la primera pieza de pan fue amasada en el Olimpo.

En la literatura el pan también ha dejado huella. Pero, tal vez el episodio más importante, inimaginable, es el del personaje de Víctor Hugo, Jean Valjean, en la novela Los miserables, cuando roba el pan. Sin ese pan la novela perdería la esencia. Pues ese robo acontece un castigo ridículo, miserable y humano.

Bueno, que cosa tan complicada la del pan. Su magnifica existencia nos hace dependientes de él. Al menos para mí es así. El pan es una tentación, un placer posible, un alimento que acompaña a cualquier otro alimento, una excusa para tomar vino, un contagio de alegría.

Todo lo anterior, esas referencias, para afirmar que vivir es un parche. Mientras existan placeres como el pan, me digo, es un contagio el abrazo.

Recuerdo que pequeño, en el colegio, cuando no tenía dinero para comprarme un pastel me compraba un pan y un bolis. Eso, en aquella época, valía unos 200 pesos. Lo que hacía era remojar el pan con el bolis y luego lo mordía. La sensación era algo inexplicable, como si estuvieras robandole la ambrosía a los dioses. La cosa era que uno no quedaba lleno, sino satisfecho que era otra cosa.

Creo que sin el pan mi niñez no hubiera sido feliz. Hubiera corrido menos. No hubiera esperado con ternura y ansiedad el desayuno. El chocolate no hubiera sido chocolate. Los trocitos de pan en el chocolate le daban un sabor mágico, sólido y dulce.

También recuerdo que con varios amigos he celebrado la amistad con pan y vino. Pero la cena que más recuerdo fue la primera vez que tomé hongos con Mauricio en Girardota. Yo había ido a ese pueblo, que después sería mi pueblo, con otro amigo, Jhonatan, el loco. Recuerdo que subimos al nido de los gallinazos, recolectamos los hongos, volvimos a la casa de Mauro, hervimos los hongos con panela y nos los comimos.

Fue un vuelo brutal. Por ese recuerdo soy capaz de empeñar mi computador con toda mi literatura incluida. Jhonatan se nos durmió en toda la entrada de la casa de Mauro. Por un momento ignoramos la existencia del loco. En fin, llegó la mamá de Mauro y entró a la casa asustada. Nos dijo que había un loco en la puerta de su casa dormido. En efecto era un loco. Fuimos por el loco y nos encaminamos para el parque, y por cosas de la inmensidad, camino a la flota de buses, nos antojamos de pan.

El pan, en serio, sentí que me llamaba, me decía, Camilo estoy hecho a la medida de tu apetito। Creo que lo mismo le pasó a Mauro con el vino. Sin exagerar, le dimos gracias a la vida por la posibilidad de disfrutar de esos pequeños placeres. Cenamos, eso es todo, las sensaciones me las reservo.

Pero si voy a contar un dato. No hay nada comparable a como se siente el apn en los labios después de fumar hierba y pasarlo con un trago de cerveza. Receta de Alejandro González, otro gran hermano.

No creo, ya lo dije antes, que el pan llegue a desconocerse por algunas culturas. Como el dolor, el amor y la muerte el pan sobrepasa las limitaciones del lenguaje. Es tanto que si el pan fuera prohibido como las drogas, hace rato, imagino, se habría legalizado. Es tanto que si la guerra fuera por el monopolio del pan, hace rato se hubiera acabado. Gracias al pan somos la especie más universal del planeta. Gracias al pan, es que dejo este texto en este punto. No quiero escribir más, me antojé de un pan. Hay nos vemos en las panaderías.

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La constancia del ocioso

>> viernes, 8 de febrero de 2008

Nunca me ha gustado trabajar. No porque me crea incapaz. Al contrario, cuando me da la gana, hago las cosas mejor de lo que me imagino y por eso, por el impulso de la pasión, me embalo. No soy muy amigo de la constancia.

Es difícil mover el cuerpo sin conectarlo con el espíritu. Los que conozco son muy ágiles con el cuerpo. En cambio, yo soy lento, muy lento con mi cuerpo por la conciencia que tengo de mí. Esa conciencia, esa sospecha de lo que es uno y teme, empezó desde hace mucho.

Recuerdo que siendo aún niño le dije a mi madre que no quería trabajar porque me sentía mal conmigo mismo. Ella me besó en la frente y me dijo que no me preocupara, que eso no era para preocuparse, que el trabajo dignificaba al hombre, que mejor dejara de pensar cosas sin sentido y fuera a recolectar café con el abuelo.

El abuelo me esperaba. Me miró y me sonrió. Se sentía orgulloso de que su nieto, a los diez años, ya se perfilara como un excelente recolector de café, quizás el más alto e inteligente de la familia. Él me saludó, me tocó el hombro y me dijo que tenía la libertad de acercarme al árbol que quisiera. La condición, dejó muy claro el viejo, era que árbol de café que empezaba a quitarle los granos maduros debía terminarlo, no dejarlo empezado, y solo dejar los granos verdes. Además, tenía la libertad de moverme por los cafetales en busca de los mejores árboles de café.

Por aquel entonces tenía unos diez años y estaba en los preparativos para la primera comunión. Otra cosa que enorgullecía al viejo. Para él era indispensable que Dios entrara a mí por la boca.

Pero, ya a esa edad, me estaba picando el ocio en el alma, la primera idea de mí en el viento. Así que me dejé llevar por esa fascinante fuerza inutilizadora. Empecé a hacerme el huevón. Al principio empezaba muy animado y triaba los granos al tarro con fuerza para que supieran que yo estaba trabajando, que yo era el nieto de mi abuelo, que trabajaba con ánimo. Luego, ya no cogía los granos del árbol sino del mismo coco y los volvía a tirar al coco. Después, cuando me aseguraba que ni mi abuelo ni ninguno de sus trabajadores estaban cerca, me metía bajo un árbol de café a no hacer nada. A veces buscaba barro y hacía figuras. No hacía más que marcianos. Eso era lo que creía. Cuando sentía que alguien se acercaba, me quedaba quieto, casi sin respirar, escondido, con una sonrisa en los labios. Me sentía ¡hay como me sentía! me sentía astutamente ocioso. Esperaba que el trabajador del abuelo vaciara el café en el costal y que volviera al surco. Cuando estaba lejos me levantaba, como gato salía del árbol de café, me dirigía al costal y sacaba puñadas de café. Luego trataba de poner todo como antes, para no generar sospechas. De esa manera daba resultados sin mucho esfuerzo. Hasta la idea de ser descubierto me agradaba más que robar el café.

En fin, trabajé una semana en esas condiciones, ociosamente dichoso. Tanto que no quería hacer nada más que ocio. El problema fue que me volví más que ocioso, descarado.

La hazaña terminó, tristemente, la vez que mi abuelo fue a vaciar el café en el costal. Esperé a que se marchara. Saqué el café de su costal. Cuando me dirigía a mi árbol de café a seguir moldeando mis figuras de barro el abuelo me agarró de la camisa y me alzó en el aire. El café se me regó. Luego el abuelo me lanzó por los aires y caí en un gajo de un cacao. Lo miré. No tuve tiempo de pensar. Lo único que se me ocurrió fue correr cuando lo vi con su machete en la mano recriminándome que le hubiera robado ¡robado! justo antes de hacer la primera comunión. Vi sus ojos en llamas. Echaba fuego por la boca. Salió tras de mí. No volé porque no era pájaro, pero, del susto, corrí como si volara.

Desde ese día mi abuelo empezó a odiarme, a mirarme raro.

A mí me había mordido el ocio. Por primera vez me hacía más lento que todos, más distinto que todos, más reflexivo que todos los de la familia.

El ocio me había curado de la conjuntivitis, pero me había agudizado la pupila. Por ello, creo, de ver las cosas con tanto asombro, de gastar la mirada en las cosas, me quedé miope.

No sé que pasó con el abuelo, espero que le haya dado una enfermedad Terminal. No es que le guarde rencores, es que no lo quiero. Da igual.

Por mi lado, el ocio me ha lentizado, me ha hecho creer un inútil. Pero, en realidad no soy tan inútil como creo. Soy un tipo laborioso, creador. Sobre todo creador. El buen ocioso requiere de tiempo a solas para crear. El ocio no es precisamente no hacer nada, es detenerse, solo eso. Porque es de todas las ocupaciones la que requiere más abismo.

Ahora, mi ocio es como una antitesis de mi ocio. Estoy más ocupado que la gente que se dice que trabaja y cumple un horario.

Ellos trabajan ocho horas todos los días. Yo trabajo 16, 17 hasta 20 horas al día. Que la novela sobre mamá, que el libro de poemas sobre la incertidumbre, que los textos para el periódico El balcón, que Sandy, que los textos para el blog, que los talleres de poesía en la biblioteca, que las conversaciones sobre lo trascendental, que la vida, que la nada, que la hormiga, que la literatura, que la gripa…

El trabajo, eso que se cree que es el trabajo, es el ocio del espíritu, la perdida del alma. Pero el trabajo del alma no tiene jornadas laborales ni tiempos requeridos. Siempre está funcionando. A menos alma más cuerpo.

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El mito del tiempo

>> domingo, 3 de febrero de 2008

Cada cosa que pasa, cada evento importante que nos marca en algún momento de la vida, es el mismo evento que se repite invariablemente.

El hoy es un presente. Solo presente. Toda cronología es un estarse sucediendo.

Se tiene la manía de estarse explicando el origen de las cosas, por eso, es que les atribuimos pasado, presente y futuro. Pero eso no es más que una debilidad de vacío, un miedo al abismo, un soporte conceptual que nos ata, nos separa de la naturaleza, nos hace concientes del deterioro. El cuerpo no es más que un soplo, un parpadeo constante, un punto.

Queremos darle estructura a los sentidos. Y por ello es que nos volvemos adictos a las sensaciones. Programamos el azar. Nos dormimos contentos porque tenemos la certeza de que mañana también habrá horas, las mismas del hoy y del ayer. Queremos creer que las dos de la tarde sí son las dos de la tarde. ¿Quién sabe? Las dos de la tarde bien podría ser otra cosa, una ráfaga de viento que se escucha pero que no se mueve.

Aún no sabemos si una cosa envejezca o la vejez es un mero efecto óptico, una justificación humana, una maldición cultural. Pero, si el tiempo es un invento humano, no cabría decir que un árbol envejezca. Tal vez si envejezca pero para la lógica del hombre, lo que no se sabe es si es lo mismo para el árbol o para cualquier otra forma de vida.

En fin, lo que se sospecha es que el tiempo es un pretexto para sentirnos. Nos programamos por miedo a pensar que somos otra cosa, como una mancha de aire, un reflejo de reflejos, un fantasma de fantasmas.

A veces imagino que no envejezco, que no he nacido, que no soy el producto de una serie de eventos que me afirman. Tal vez sea todo al mismo tiempo. Quizás, por razones de la razón, por la medida de los recuerdos, por la idea de un pasado es que creo que hay un ciclo, un proceso de materia, una vida y pienso que las cosas transcurren.

Pero, la relatividad, la consecuencia, la reacción, los relojes, los recuerdos, el ayer, el mañana, la muerte, no son más que mitos culturales y científicos. Medida de sucesos. Medida de medidas.

No sé si esto que escribo lo empiezo a escribir, lo leo después de escribirlo, lo pienso para escribirlo, lo termino de escribir. Más bien lo es todo al mismo tiempo, lo escribo mientras lo pienso y lo leo y lo termino de escribir sin haberlo empezado o quizás nunca lo escribí.

Y sí es así con cada cosa, con cada recuerdo, con cada deseo, con cada imagen ¿Habrá unidad del hecho? ¿Existirá una cronología que mida cada uno de mis actos?

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Acogeme noche

>> viernes, 1 de febrero de 2008

Quiero cerrar los ojos y no abrirlos nunca

Quedarme dormido

Quiero

noche

que me hospedes

Me des de mamar misterios

como a los búhos

No quiero despertar.

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