Crearme, recrearme, vaciarme, hasta que el que se vaya muerto, de mí, un día, a la tierra, no sea yo...

Juan Ramón Jimenéz


El muchacho

>> miércoles 12 de octubre de 2011


Me enjabono. Segundos después siento en la columna vertebral un escalofrío que sube hasta el cuello y desciende culebreado por el torso deteniéndose en la ingle. Me enjuago. Cuando llevo la toalla a la entrepierna encuentro que mi muchacho no está en el lugar de siempre. Intento no desesperarme y respiro. Escudriño cada rincón del baño. Nada. Levanto la mirada en dirección a una ventanilla pequeña ubicada en la parte superior de una de las paredes. Veo un ala entre abierta y un rastro de humedad como si una babosa gigante hubiera pasado por allí hace unos segundos. Sigo el rastro y al final de la calle veo a mi muchacho dando saltitos. De inmediato salgo del baño y me dirijo a mi habitación. Me pongo un Jean, una camisa y los zapatos. Por los alrededores de la casa no se ven pistas. ¡Qué será de mí cuando Lucia se entere! ¡Cómo me acercaré de nuevo a una mujer! ¡Cuánta falta me hará ver el chorrito amarilloso mezclarse con el vapor de la niebla a altas horas de la noche! Me siento en una banca a pensar qué hacer. En la banca contigua hay una mujer robusta, mal maquillada, con una mano dentro del bolso. No sé por qué, pero imagino que allí hay algo que me pertenece y me dirijo a ella:

—Buenas tardes señora… espero no me mal interprete… es que ando buscando… eh… cómo decirlo… eh… usted por casualidad no se ha encontrado… eh… un bollito de carne como del tamaño de un banano criollo… eh… usted sabe… como una especie de consolador para damas…

La señora arruga el ceño y se marcha a paso largo. En ese momento entiendo que cualquier tipo de pregunta sobre el paradero de mi muchacho es inútil. Y si alguien me escucha creerá que estoy bromeando porque no se imagina que se pueda perder una oreja, una mano, un ojo… sin razón alguna. Me recuesto en el espaldar de la banca. Enciendo un cigarrillo. Mientras le doy la primera calada miro el cielo y las nubes pasan de largo dibujando figuras. Intento mantener la cabeza fría para encontrar una salida eficaz. Nada se me ocurre. Otra calada.

Desconsolado, sin avance alguno, me dirijo a la casa de Lucia. El portero del edificio está sentado leyendo el periódico.

—Buenas tardes caballero, voy para el apartamento 629, le digo.

El portero abre un libro donde registra todas las personas que entran al edificio y anota mi nombre: Daniel Calderón.

—Parece que no hay nadie en casa. Lo lamento, no puede pasar, dice el portero.
—Bueno, no hay problema, pero ¿me permite subir y verificar que ella está?
—Eso no está permitido.
—Entro y salgo de inmediato. Quiero cerciorarme de que esté en casa. Es cuestión de vida o muerte. Usted me entiende. Claro que me entiende. Si se ha enamorado me ayudará. Lo que pasa es que cometí un error. Apareció otra y usted sabe… y si no la encuentro es probable de que jamás la vuelva a ver. Usted entiende…
—Bueno, pero que sea rápido, en diez minutos debe salir, me dijo el portero de manera tajante.

Giro la chapa de la puerta y cede sin dificultad. Mientras pienso el por qué Lucia no aseguró la puerta escucho ruidos y camino con sigilo hasta la sala. Desde allí miro el cuarto de Lucia y la veo con otro hombre en la cama. Pero lo más sorprendente, incluso, por encima de la traición, fue ver a mi muchacho saltando en la mitad de los dos cuerpos desnudos. De un salto llego hasta la cama y atrapo lo que es mío. Lucia grita al igual que el hombre que la acompaña:

—¡Estas loco!, dice Lucia mientras se cubre con una manta.
—¿Quién es este tipo?, agrega el hombre.
—Discúlpenme. Pueden proseguir en lo que iban. Por mí no hay problema. Ya encontré lo que estaba buscando, digo.
—¿Qué eso que se te mueve en el bolsillo?, pregunta Lucia.
—Nada de tu incumbencia. Pero si quieres, con mucho gusto te muestro.

Llevo la mano al bolsillo y les muestro mi muchacho que de un movimiento asombroso salta de la palma hasta la cama. Lucia suelta una carcajada y en ese instante uno de sus senos se desprende. El hombre que observa grita al sentir que de él se desprende una oreja. Luego la cabeza, la mano…

Nos desintegramos, nos deshacemos, nos inmiscuimos, nos mezclamos… unos con otros. Nos sumergimos en la nada, en la inconsciencia del movimiento como sino existirá otra forma de amar.

4 comentarios:

Maoh.mu lunes, octubre 17, 2011  

raro el menage a trois. me recuerda pálidamente un cuento que comienza así: "El 25 de marzo sucedió un singular acontecimiento en Petersburgo... "

Juan Camilo sábado, octubre 22, 2011  

Maoh.mu
"Llovía ese 25 de marzo", es lo último que recuerda el sacedorte antes de ser raptado por una langosta.

Humberto Dib sábado, octubre 22, 2011  

Me gustó cómo lo has relatado, Juan Camilo, esa forma tan natural que logras de que fluya el texto y no aburra. Bueno, sabes cómo es, hoy en día se ponderan los textos breves en los blogs, pero cuando un relato vale, no molesta la extensión.
Por cierto, recuerdo una noche del 22 de julio, no sé si llovía...
Un abrazo.
HD

Juan Camilo sábado, octubre 22, 2011  

HUmberto Did
Esa noche del 22 de julio un reconocido escritor de blogger decidió convertirse en detective de la web y navegar en busca de historias misteriosas.

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