Crearme, recrearme, vaciarme, hasta que el que se vaya muerto, de mí, un día, a la tierra, no sea yo...

Juan Ramón Jimenéz


Tras la nube de polvo

>> sábado 10 de septiembre de 2011

Aparece Herrera con sus botas pantaneras y como un caballo desbocado se dirige a la portería. Pitor se le tira en plancha cortando su avance y Herrera cae en la mitad de la carretera levantando una densa capa de polvo.

Pitor, Llille y yo nos paramos en la barrera. Kiko acomoda el balón después de haber contado tres pasos largos. Toma impulso y chuta pero el esférico da un giro extraño y rebota en uno de los montones de piedra con los que construimos el arco.

Pitor encara a Llello y lo gambetea. En su rostro se dibuja una sonrisa porque se siente superior. Lo que no prevé es que Herrera como un toro lo embiste y lo levanta en el aire provocándole una caída como esas que se veían en los Supercampeones, con la diferencia de que Pitor cae sin banda sonora ni suspenso.

El partido va dos a cero, perdiendo nosotros. En la barrera están Herrera, Llello y Kiko. Miro entre ellos un hueco. Chuto. Me quito la camiseta para celebrar el gol y abrazo a mi equipo como lo hicieron hace años los marineros ingleses. En ese entonces los capitanes de los barcos organizaban el juego para evitar que la tripulación se desgastara en mujeres, licor y peleas. Nos sentimos como esos marineros que llegaron a los puertos de Argentina y fundaron los clubes que aún persisten y son iconos del balón pie suramericano.

Llille está solo frente a la portería pero lo distrae el grito de Herrera: “¡Se lo comió huevetas… ja… se come un moco con ensalada!” Patea y el balón cae en las cebollas de don Mario. Herrara arruga el ceño preocupado para hablar con su padre. Don Mario con la pelota en sus manos amenaza con decomisarla. Pero al final la devuelve y se sienta cerca para vigilar que no suceda de nuevo.

Kiko se la pasa a Llello que hace un pase al vacío habilitando a Herrera que de media voltereta chuta y anota. Tomo la pelota, se la paso a Pitor que hace un giro de 180 grados para proteger el esférico de Herrera y me la devuelve. Herrera viene como un loco gritando “¡Ahhh… ahhh… perdió la pelota huevetas!” De un brinco me quito de su camino y cuando está frente a la portería apoya las rodillas y las manos en el suelo y con la cabeza, como un canino, empuja la pelota. Cuatro a uno.

Pitor con lágrimas en los ojos dice que no vuelve a jugar porque somos muy marranos. Da media vuelta y se va sin importarle que el juego se haya acabado. Cada uno retorna a su casa con las rodillas raspadas. La tarde se sumerge en el canto de los pájaros y el polvo levantado en el cotejo se asienta como un manto que cubre las cicatrices de la infancia.

5 comentarios:

escuchando palabras sábado, septiembre 10, 2011  

Excelente relato un placer visitarte, lo hare mas seguido, besos buen finde!

Carmen sábado, septiembre 10, 2011  

Los recuerdos de la infancia, los de estas cosas, no deberían perderse nunca a lo largo del tiempo.

¡Biquiños!

Carmen

Juan Camilo domingo, septiembre 11, 2011  

Escuchando palabras
Es un gusto contar con sus comentarios. Por acá siempre habrá un abrazo.

Carmen
Es cierto. Es en la infancia donde se fundamenta el caracter.

César martes, septiembre 13, 2011  

http://follaje.blogspot.com/

Humberto Dib jueves, septiembre 15, 2011  

Juan Camilo, las anécdotas de la infancia siempre se sienten como propias, pero hay algo que nunca deja de llamarme la atención: los localismos. Esto es, todos vivimos (más o menos) las mismas experiencias, pero las palabras usadas son tan diferentes. Eso es algo maravilloso, pues muestra el punto de encuentro y, a la vez, esa diferencia que jamás podremos superar.
Por cierto, me gusta que uses un lenguaje tan propio a tu país, si así no fuera, los relatos no serían tan sabrosos.
Un abrazo siempre afectuoso.
HD

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Cada palabra es un conjuro para espantar la soledad

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